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domingo, 15 de febrero de 2026

Poetes i poesia - Robert Graves

 Robert Graves hits on a beautiful truth here. While a stadium full of people might read a poem, the experience of poetry isn't a broadcast—it’s a whisper.
When a poet writes, they aren't performing for a crowd; they are trying to bridge the gap between their interior world and another’s. This creates an intimacy that sets poetry apart from almost any other medium.


 

Lucky Luke

 


Taxi Driver

 "La soledad me ha seguido toda mi vida, a todas partes. En los bares, en el coche, en la calle, en las tiendas, en todas partes. No hay excusas: nací para estar solo.
En cada calle de este país hay un don nadie que sueña con convertirse en alguien. Es un hombre olvidado y solitario que necesita desesperadamente intentar estar vivo".
Robert De Niro en Taxi Driver, dirigido por Martin Scorsese, 1976.


 

domingo, 25 de enero de 2026

Antonin Artaud - Carta als poders

No podemos vivir eternamente
rodeados de muertos
y de muerte.
Y si todavía quedan prejuicios
hay que destruirlos
digo bien
"el deber"
EL DEBER
del escritor, del poeta, no es ir a encerrarse cobardemente en un texto,
un libro, una revista de los que ya
nunca más saldrá, sino al contrario
salir afuera
para sacudir
para atacar
a la conciencia pública
si no
¿para qué sirve?
¿Y para qué nació?
- Antonin Artaud
Carta a los poderes

Ray Bradbury - Crónicas marcianas

 "Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos".
Ray Bradbury, "Crónicas marcianas".

Ana Arendt

 En 1961, una mujer delgada, de voz suave y mirada implacable se sentó en el tribunal de Jerusalén para presenciar el juicio de Adolf Eichmann, el burócrata que había organizado la deportación de millones de judíos durante el Holocausto. Fumaba sin pausa y tomaba notas sin pestañear. No vio un monstruo, sino un hombre gris, un funcionario obediente que nunca pensó por sí mismo. “El mal”, escribiría después, “no necesita profundidad; basta con la ausencia de pensamiento”. Aquella observación, devastadora en su sencillez, la consagró y la condenó: había nacido la idea de la banalidad del mal.
Arendt no llegó ahí por azar. Nacida en 1906 en Hannover y criada en Königsberg, la ciudad de Kant, fue una joven brillante que estudió con Martin Heidegger, quien se convirtió en su maestro, su amante y su dilema. Heidegger, que más tarde se uniría al Partido Nazi, representó la contradicción que marcaría toda su vida: el amor a la filosofía frente a la traición de la razón. De él aprendió a pensar con rigor, pero también a desconfiar de los ídolos. Cuando Alemania se hundió en la oscuridad, Arendt eligió otra cosa: la libertad de juicio.
En 1933 fue arrestada por la Gestapo por ayudar a documentar propaganda antisemita. Logró escapar y cruzar Europa clandestinamente hasta París, donde ayudó a refugiados judíos. En 1940, tras la invasión alemana, fue internada en el campo de Gurs. Escapó a pie, cruzó los Pirineos y consiguió llegar a Lisboa para embarcar rumbo a Nueva York. Llegó sin dinero, sin idioma y sin patria, pero con una certeza feroz: que pensar podía ser una forma de acción.
En Estados Unidos reconstruyó su vida con una disciplina casi heroica. Publicó artículos sobre política y exilio hasta que, en 1951, apareció Los orígenes del totalitarismo. El libro diseccionaba cómo los regímenes nazi y estalinista transformaron a los individuos en engranajes reemplazables del poder. No escribía desde la teoría, sino desde la experiencia: la de una mujer que había perdido país, lengua y pertenencia, y que aún así encontraba en el pensamiento una manera de resistir.
El juicio a Eichmann la convirtió en una figura pública y polémica. Muchos intelectuales judíos la acusaron de justificar a un asesino. Pero Arendt no buscaba absolver, sino obligar a pensar. Su tesis era incómoda: el mal no proviene de la monstruosidad, sino de la obediencia. Eichmann no era un demonio, sino un hombre que había dejado de pensar. “Nadie tiene derecho a obedecer”, escribió más tarde, en un mundo que prefería refugiarse en consignas antes que asumir la responsabilidad individual.
Su círculo en Nueva York fue una constelación de inteligencia. Compartía cenas con Mary McCarthy, W. H. Auden, Hans Jonas y Karl Jaspers. Enseñaba filosofía política en la New School y en la Universidad de Chicago, con una energía que desarmaba a sus alumnos. Decía que pensar era “actuar sin barandillas”, una forma de caminar en la cuerda floja sin la seguridad de las ideologías. No enseñaba respuestas: enseñaba la valentía de sostener una pregunta.
Pocos saben que fue una de las primeras en teorizar sobre la figura del refugiado moderno. En We Refugees (1943), escribió que la pérdida de ciudadanía era “la nueva condición humana”. Ella misma había sido apátrida durante casi veinte años, y esa experiencia se filtró en su pensamiento político. Su reflexión no nacía de la distancia académica, sino del exilio vivido en la piel: pensaba porque no podía permitirse no hacerlo.
En su departamento de Riverside Drive, frente al Hudson, Arendt reunía amigos y discípulos. Entre libros y humo de cigarrillos, hablaba con serenidad y un humor áspero que desconcertaba a quienes esperaban solemnidad. Recordaba a Heidegger sin rencor, citaba a Kafka con ternura y repetía que “la mayor tragedia del siglo XX no fue la crueldad, sino la renuncia a pensar”. Su vida fue una coreografía entre la lucidez y la herida, entre el amor por la humanidad y la desconfianza hacia sus instituciones.
Hannah Arendt murió en 1975, dejando una obra que sigue viva en cada época que se enfrenta al autoritarismo o a la obediencia ciega. Fue, ante todo, una mujer que sobrevivió a la tormenta y se negó a mirar hacia otro lado. Su legado no cabe en una categoría: fue filósofa, exiliada, amante, cronista, maestra y testigo del siglo. Pensar, en su caso, no fue una tarea académica, sino un acto de coraje.