Cercar

domingo, 25 de enero de 2026

Antonin Artaud - Carta als poders

No podemos vivir eternamente
rodeados de muertos
y de muerte.
Y si todavía quedan prejuicios
hay que destruirlos
digo bien
"el deber"
EL DEBER
del escritor, del poeta, no es ir a encerrarse cobardemente en un texto,
un libro, una revista de los que ya
nunca más saldrá, sino al contrario
salir afuera
para sacudir
para atacar
a la conciencia pública
si no
¿para qué sirve?
¿Y para qué nació?
- Antonin Artaud
Carta a los poderes

Ray Bradbury - Crónicas marcianas

 "Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos".
Ray Bradbury, "Crónicas marcianas".

Ana Arendt

 En 1961, una mujer delgada, de voz suave y mirada implacable se sentó en el tribunal de Jerusalén para presenciar el juicio de Adolf Eichmann, el burócrata que había organizado la deportación de millones de judíos durante el Holocausto. Fumaba sin pausa y tomaba notas sin pestañear. No vio un monstruo, sino un hombre gris, un funcionario obediente que nunca pensó por sí mismo. “El mal”, escribiría después, “no necesita profundidad; basta con la ausencia de pensamiento”. Aquella observación, devastadora en su sencillez, la consagró y la condenó: había nacido la idea de la banalidad del mal.
Arendt no llegó ahí por azar. Nacida en 1906 en Hannover y criada en Königsberg, la ciudad de Kant, fue una joven brillante que estudió con Martin Heidegger, quien se convirtió en su maestro, su amante y su dilema. Heidegger, que más tarde se uniría al Partido Nazi, representó la contradicción que marcaría toda su vida: el amor a la filosofía frente a la traición de la razón. De él aprendió a pensar con rigor, pero también a desconfiar de los ídolos. Cuando Alemania se hundió en la oscuridad, Arendt eligió otra cosa: la libertad de juicio.
En 1933 fue arrestada por la Gestapo por ayudar a documentar propaganda antisemita. Logró escapar y cruzar Europa clandestinamente hasta París, donde ayudó a refugiados judíos. En 1940, tras la invasión alemana, fue internada en el campo de Gurs. Escapó a pie, cruzó los Pirineos y consiguió llegar a Lisboa para embarcar rumbo a Nueva York. Llegó sin dinero, sin idioma y sin patria, pero con una certeza feroz: que pensar podía ser una forma de acción.
En Estados Unidos reconstruyó su vida con una disciplina casi heroica. Publicó artículos sobre política y exilio hasta que, en 1951, apareció Los orígenes del totalitarismo. El libro diseccionaba cómo los regímenes nazi y estalinista transformaron a los individuos en engranajes reemplazables del poder. No escribía desde la teoría, sino desde la experiencia: la de una mujer que había perdido país, lengua y pertenencia, y que aún así encontraba en el pensamiento una manera de resistir.
El juicio a Eichmann la convirtió en una figura pública y polémica. Muchos intelectuales judíos la acusaron de justificar a un asesino. Pero Arendt no buscaba absolver, sino obligar a pensar. Su tesis era incómoda: el mal no proviene de la monstruosidad, sino de la obediencia. Eichmann no era un demonio, sino un hombre que había dejado de pensar. “Nadie tiene derecho a obedecer”, escribió más tarde, en un mundo que prefería refugiarse en consignas antes que asumir la responsabilidad individual.
Su círculo en Nueva York fue una constelación de inteligencia. Compartía cenas con Mary McCarthy, W. H. Auden, Hans Jonas y Karl Jaspers. Enseñaba filosofía política en la New School y en la Universidad de Chicago, con una energía que desarmaba a sus alumnos. Decía que pensar era “actuar sin barandillas”, una forma de caminar en la cuerda floja sin la seguridad de las ideologías. No enseñaba respuestas: enseñaba la valentía de sostener una pregunta.
Pocos saben que fue una de las primeras en teorizar sobre la figura del refugiado moderno. En We Refugees (1943), escribió que la pérdida de ciudadanía era “la nueva condición humana”. Ella misma había sido apátrida durante casi veinte años, y esa experiencia se filtró en su pensamiento político. Su reflexión no nacía de la distancia académica, sino del exilio vivido en la piel: pensaba porque no podía permitirse no hacerlo.
En su departamento de Riverside Drive, frente al Hudson, Arendt reunía amigos y discípulos. Entre libros y humo de cigarrillos, hablaba con serenidad y un humor áspero que desconcertaba a quienes esperaban solemnidad. Recordaba a Heidegger sin rencor, citaba a Kafka con ternura y repetía que “la mayor tragedia del siglo XX no fue la crueldad, sino la renuncia a pensar”. Su vida fue una coreografía entre la lucidez y la herida, entre el amor por la humanidad y la desconfianza hacia sus instituciones.
Hannah Arendt murió en 1975, dejando una obra que sigue viva en cada época que se enfrenta al autoritarismo o a la obediencia ciega. Fue, ante todo, una mujer que sobrevivió a la tormenta y se negó a mirar hacia otro lado. Su legado no cabe en una categoría: fue filósofa, exiliada, amante, cronista, maestra y testigo del siglo. Pensar, en su caso, no fue una tarea académica, sino un acto de coraje.

Tsundoku - Llibres i llibres

Tsundoku Wikipedia

Tsundoku (積ん読?) es un término japonés que se refiere al hábito muy arraigado en ciertas personas, relacionado con la bibliomanía, se trata de la adquisición de todo tipo de materiales de lectura, pero dejando que se amontonen en la vivienda sin leerlos.[1][2][3][4]​ También se utiliza para referirse a los libros listos para una lectura posterior cuando están en una estantería.

Este término del argot japonés se originó en la Era Meiji (1868-1912) y se lo puede encontrar impreso por lo menos desde 1879. Proviene de la unión de los términos tsunde oku (積んでおく?), que significa apilar cosas y dejarlas ahí para más tarde, y dokusho (読書?), que significa leer libros. En su grafía actual, la palabra combina los caracteres o kanji de "apilar" () y "leer" ().[2][3]

Con todo, el concepto, si bien sin un término concreto, existe más allá de la cultura japonesa, por ejemplo, el editor y escritor estadounidense Edward Newton escribió: «Incluso cuando la lectura es imposible, la presencia de libros adquiridos produce tal éxtasis que anima a la compra de más libros, lo que representa un afán del alma de infinito... apreciamos los libros incluso si no son leídos, su mera presencia emana confort, su fácil acceso, la tranquilidad».[

jueves, 22 de enero de 2026

Boris Pasternak i el Doctor Zhivago

Boris Pasternak
En 1958 Boris Pasternak recibió la llamada que todo escritor sueña: había ganado el Premio Nobel de Literatura por su novela Doctor Zhivago. Pero lo que debería haber sido un triunfo se convirtió en una pesadilla. El régimen soviético lo acusó de traidor, la prensa lo linchó públicamente y hasta sus colegas exigieron su expulsión. Pasternak, enfermo y acorralado, se vio obligado a rechazar el galardón. ¿Cómo pudo una historia de amor entre un médico y una mujer, escrita con la sensibilidad de un poeta, desatar semejante tormenta política?
La respuesta está en la naturaleza misma del libro. Pasternak no era un disidente militante ni un conspirador contra el sistema. Era, sobre todo, un poeta de mirada humanista, formado en la traducción de Shakespeare, Goethe y Rilke. En Doctor Zhivago —publicado en 1957 gracias a la editorial Feltrinelli en Italia, después de haber sido rechazado en la URSS— lo que aparece no es la epopeya revolucionaria que el Kremlin deseaba, sino la vida íntima de Yuri y Lara, personajes atrapados en la vorágine de la Revolución de 1917 y la Guerra Civil. En la novela, la pasión, la pérdida y el destino personal pesan más que cualquier victoria colectiva. Esa apuesta por el individuo resultaba imperdonable para el realismo socialista.
Lo extraordinario es que la censura soviética sólo amplificó el eco del libro. En Occidente, Zhivago fue recibido como un acontecimiento literario y político. La CIA lo entendió de inmediato: un manuscrito prohibido en Moscú podía convertirse en el arma cultural perfecta contra el régimen. Financiaron una edición en ruso que se distribuyó clandestinamente en la Exposición Universal de Bruselas de 1958, para que los visitantes soviéticos pudieran leer lo que su propio gobierno les negaba. El libro, literalmente, cruzaba fronteras escondido en maletas o entregado de mano en mano como si se tratara de dinamita encuadernada.
Mientras tanto, en Moscú, el linchamiento era implacable. Los periódicos lo calificaban de “lacayo de Occidente” y “enemigo del pueblo”. Escritores cercanos al régimen firmaron cartas públicas exigiendo su expulsión del país. Llegaban cartas anónimas a su casa deseándole la muerte. Los mítines organizados en su contra repetían consignas humillantes: “¡Pasternak al exilio!”. Ante tal presión, y con miedo de que su familia sufriera represalias, Pasternak escribió a la Academia Sueca una carta donde rechazaba el Nobel que tanto había soñado.
Lo irónico es que Pasternak nunca escribió Doctor Zhivago como un manifiesto político. Lo hizo como un poema épico a la vida, como una exploración de la fragilidad humana en medio de las grandes catástrofes del siglo XX. Su Yuri Zhivago no es un héroe revolucionario, sino un hombre que ama y sufre, que intenta resistir mientras la Historia lo arrastra. En eso radicaba su radicalidad: mostrar que el individuo —y no la colectividad— es el verdadero protagonista de la existencia.
Boris Pasternak murió en 1960, enfermo y vigilado, sin haber visto el impacto completo de su obra. Pero su entierro fue una escena reveladora: miles de personas acudieron en silencio, muchos cargando ejemplares clandestinos de Zhivago. En medio de la represión, el pueblo le rindió un homenaje que el Estado le había negado. Décadas después, en 1989, la Academia Sueca envió una carta a su hijo, reconociendo oficialmente el Nobel que la política le había arrebatado a su padre.
Hoy Doctor Zhivago sigue siendo más que una novela de amor en tiempos de guerra. Es la prueba de que la literatura puede sacudir imperios, que un libro puede circular como un arma y que la belleza, incluso cuando es perseguida, encuentra maneras de sobrevivir. En la nieve rusa, en las páginas pasadas de mano en mano, en los silencios de un poeta acorralado, late todavía la certeza de que la palabra puede ser más poderosa que cualquier dictadura.


El lector autèntic - Herman Hesse

 EL LECTOR AUTÉNTICO...
«En el fondo, todo lector auténtico es también amigo de los libros. Porque el que sabe acoger y amar un libro con el corazón, quiere que sea suyo a ser posible, quiere volver a leerlo, poseerlo y saber que siempre está cerca y a su alcance. Tomar un libro prestado, leerlo y devolverlo, es una cosa sencilla; en general lo que se ha leído así se olvida tan pronto como el libro desaparece de casa. Hay lectores que son capaces de devorar un libro cada día, y para éstos la biblioteca pública es al fin la fuente adecuada, ya que de todos modos no quieren coleccionar tesoros, hacer amigos y enriquecer su vida, sino satisfacer un capricho. A esa especie de lectores que Gottfried Keller supo retratar tan bien en una ocasión, hay que dejarla con su vicio. Para el buen lector, leer un libro significa aprender a conocer la manera de ser y pensar de una persona extraña, tratar de comprenderla y quizá ganarla como amigo. Cuando leemos a los poetas, no conocemos solamente un pequeño círculo de personas y hechos, sino sobre todo al escritor, su manera de vivir y ver, su temperamento, su aspecto interior, finalmente su caligrafía, sus recursos artísticos, el ritmo de sus pensamientos y de su lenguaje. El que quedó cautivado un día por un libro, el que empieza a conocer y entender al autor, el que logró establecer una relación con él, para ese empieza a surtir verdaderamente efecto el libro. Por eso no se desprenderá de él, no lo olvidará, sino que lo conservará, es decir, lo comprará, para leer y vivir en sus páginas cuando lo desee».
--
Herman Hesse.