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domingo, 26 de abril de 2026

L'olor dels llibres - Ray Bradbury

 “Books only have two smells. The smell of a new book, which is good, and the smell of an old book, which is even better."

Ray Bradbury

Alfred, Lord Tennyson - In Memoriam A.H.H.

I sometimes hold it half a sin
To put in words the grief I feel;
For words, like Nature, half reveal
And half conceal the Soul within.
But, for the unquiet heart and brain,
A use in measured language lies;
The sad mechanic exercise,
Like dull narcotics, numbing pain.
In words, like weeds, I'll wrap me o'er,
Like coarsest clothes against the cold;
But that large grief which these enfold
Is given in outline and no more.


— Alfred, Lord Tennyson, In Memoriam A.H.H.

Eduardo Galeano - Obdulio

"Yo era chiquilín y futbolero, y como todos los uruguayos estaba prendido a la radio, escuchando la final de la Copa del Mundo. Cuando la voz de Carlos Solé me transmitió la triste noticia del gol brasileño, se me cayó el alma al piso. Entonces recurrí al más poderoso de mis amigos. Prometí a Dios una cantidad de sacrificios a cambio de que Él se apareciera en Maracaná y diera vuelta el partido.
Nunca conseguí recordar las muchas cosas que había prometido, y por eso nunca pude cumplirlas. Además, la victoria de Uruguay ante la mayor multitud jamás reunida en un partido de fútbol había sido sin duda un milagro, pero el milagro había sido más bien obra de un mortal de carne y hueso llamado Obdulio Varela. Obdulio había enfriado el partido, cuando se nos venía encima la avalancha, y después se había echado el cuadro entero al hombro y a puro coraje había empujado contra viento y marea.
Al fin de aquella jornada, los periodistas acosaron al héroe. Y él no se golpeó el pecho proclamando que somos los mejores y no hay quien pueda con la garra charrúa:
—Fue casualidad —murmuró Obdulio, meneando la cabeza. Y cuando quisieron fotografiarlo, se puso de espaldas.
Pasó esa noche bebiendo cerveza, de bar en bar, abrazado a los vencidos, en los mostradores de Río de Janeiro. Los brasileños lloraban. Nadie lo reconoció. Al día siguiente, huyó del gentío que lo esperaba en el aeropuerto de Montevideo, donde su nombre brillaba en un enorme letrero luminoso. En medio de la euforia, se escabulló disfrazado de Humphrey Bogart, con un sombrero metido hasta la nariz y un impermeable de solapas levantadas.
En recompensa por la hazaña, los dirigentes del fútbol uruguayo se otorgaron a sí mismos medallas de oro. A los jugadores les dieron medallas de plata y algún dinero. El premio que recibió Obdulio le alcanzó para comprar un Ford del año 31, que fue robado a la semana".


Eduardo Galeano | Obdulio

Sigue tu destino - Fernando Pessoa

 Sigue tu destino - Fernando Pessoa


Sigue tu destino,
riega tus plantas,
ama tus rosas.
El resto es la sombra
de árboles ajenos.
La realidad
es siempre más o menos
de lo que queremos.
Sólo nosotros somos siempre
iguales a nosotros mismos.
Suave es vivir solo.
Grande y noble es siempre
vivir simplemente.
Deja el olor en aras
como exvoto a los dioses.
Ve de lejos la vida.
No la interrogues nunca.
Que ella nada puede
decirte. La respuesta,
más allá de los dioses.
Mas serenamente
imita el Olimpo
en tu corazón.
Los dioses son dioses
porque no se piensan.

Italo Calvino

"Ojalá se pudieran partir por la mitad todas las cosas enteras, así cada uno podría salir de su obtusa e ignorante integridad. Si alguna vez te conviertes en la mitad de ti mismo comprenderás cosas que escapan a la normal inteligencia de los cerebros enteros. Habrás perdido la mitad de ti y del mundo, pero la mitad que quede será mil veces más profunda y valiosa. Y también tú querrás que todo esté demediado y desgarrado a tu imagen, porque belleza, sabiduría y justicia existen solo en aquellos que están hechos a trozos”.


Italo Calvino

Jorge Luis Borges - Borges y yo

"Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página".
Jorge Luis Borges | Borges y yo

martes, 7 de abril de 2026

La generació perduda

La generació perduda
"Todos ustedes son una generación perdida". La frase no fue un elogio, sino un reproche. Se la soltó una mecánica de coches a Gertrude Stein, y ella se la lanzó a un joven y hambriento Ernest Hemingway. No se refería a que estuvieran extraviados en las calles de Montparnasse, sino a que estaban moralmente amputados. Habían visto las trincheras de la Gran Guerra y, al regresar, el lenguaje del honor, la patria y la gloria les sonaba a chiste de mal gusto.
El método: Escribir con hambre y resaca
El París de 1920 era el "ombligo del mundo" porque era barato y libre. El método de esta generación era la exposición total. Se instalaban en el café La Rotonde o en Le Dôme con un cuaderno y una copa de ajenjo, no para observar la vida, sino para arrancarle la piel.
Escribían bajo una premisa técnica radical: la omisión. Hemingway perfeccionó allí su "teoría del iceberg", eliminando todo lo superfluo para que el dolor se sintiera en el subtexto. Scott Fitzgerald, por su parte, escribía crónicas líricas sobre el brillo del éxito mientras su vida personal se desmoronaba entre el alcohol y la esquizofrenia de Zelda. Para ellos, escribir era una forma de autodefensa contra el vacío.
La guarida: Shakespeare and Company
El epicentro de este terremoto literario no fue una universidad, sino una librería. Sylvia Beach, una americana intrépida, fundó Shakespeare and Company en la rue de l'Odéon. No era solo una tienda; era una oficina de correos, un banco de préstamos y un refugio para exiliados.
Un dato verificado y crucial: fue Beach quien se atrevió a publicar el Ulises de James Joyce en 1922, cuando nadie más en el mundo anglosajón quería tocar ese "libro obsceno". Sin esa librería, la vanguardia literaria del siglo XX simplemente no existiría. Los escritores dormían entre los estantes cuando no tenían para la pensión, y Beach les fiaba los libros y el ánimo.
Experiencias de frontera: El boxeo y el arte
Lo que hacía única a esta generación era su mezcla de testosterona y sensibilidad. Hemingway boxeaba con Ezra Pound y luego discutían sobre la colocación de un adjetivo. Iban a ver las corridas de toros a España para entender la muerte y regresaban a París para intentar capturar ese "instante de verdad" en el papel.
Era una vida de extremos: de la miseria absoluta en buhardillas sin calefacción a las fiestas de champán en la Riviera francesa. Vivían como si el mañana fuera un concepto obsoleto, quizás porque muchos de sus amigos se habían quedado enterrados en el barro del Somme.
El fin de la fiesta
La Generación Perdida no terminó con un manifiesto, sino con el Crack del 29 y el ascenso del fascismo. El dólar bajó, el champán se agrió y los expatriados tuvieron que volver a casa o enfrentarse a una nueva oscuridad. Dejaron tras de sí una literatura herida, escéptica y terriblemente moderna. Enseñaron al mundo que, cuando todo se derrumba, solo queda la honestidad de una frase bien escrita y el consuelo de un brindis antes del fin.