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jueves, 22 de enero de 2026

Boris Pasternak i el Doctor Zhivago

Boris Pasternak
En 1958 Boris Pasternak recibió la llamada que todo escritor sueña: había ganado el Premio Nobel de Literatura por su novela Doctor Zhivago. Pero lo que debería haber sido un triunfo se convirtió en una pesadilla. El régimen soviético lo acusó de traidor, la prensa lo linchó públicamente y hasta sus colegas exigieron su expulsión. Pasternak, enfermo y acorralado, se vio obligado a rechazar el galardón. ¿Cómo pudo una historia de amor entre un médico y una mujer, escrita con la sensibilidad de un poeta, desatar semejante tormenta política?
La respuesta está en la naturaleza misma del libro. Pasternak no era un disidente militante ni un conspirador contra el sistema. Era, sobre todo, un poeta de mirada humanista, formado en la traducción de Shakespeare, Goethe y Rilke. En Doctor Zhivago —publicado en 1957 gracias a la editorial Feltrinelli en Italia, después de haber sido rechazado en la URSS— lo que aparece no es la epopeya revolucionaria que el Kremlin deseaba, sino la vida íntima de Yuri y Lara, personajes atrapados en la vorágine de la Revolución de 1917 y la Guerra Civil. En la novela, la pasión, la pérdida y el destino personal pesan más que cualquier victoria colectiva. Esa apuesta por el individuo resultaba imperdonable para el realismo socialista.
Lo extraordinario es que la censura soviética sólo amplificó el eco del libro. En Occidente, Zhivago fue recibido como un acontecimiento literario y político. La CIA lo entendió de inmediato: un manuscrito prohibido en Moscú podía convertirse en el arma cultural perfecta contra el régimen. Financiaron una edición en ruso que se distribuyó clandestinamente en la Exposición Universal de Bruselas de 1958, para que los visitantes soviéticos pudieran leer lo que su propio gobierno les negaba. El libro, literalmente, cruzaba fronteras escondido en maletas o entregado de mano en mano como si se tratara de dinamita encuadernada.
Mientras tanto, en Moscú, el linchamiento era implacable. Los periódicos lo calificaban de “lacayo de Occidente” y “enemigo del pueblo”. Escritores cercanos al régimen firmaron cartas públicas exigiendo su expulsión del país. Llegaban cartas anónimas a su casa deseándole la muerte. Los mítines organizados en su contra repetían consignas humillantes: “¡Pasternak al exilio!”. Ante tal presión, y con miedo de que su familia sufriera represalias, Pasternak escribió a la Academia Sueca una carta donde rechazaba el Nobel que tanto había soñado.
Lo irónico es que Pasternak nunca escribió Doctor Zhivago como un manifiesto político. Lo hizo como un poema épico a la vida, como una exploración de la fragilidad humana en medio de las grandes catástrofes del siglo XX. Su Yuri Zhivago no es un héroe revolucionario, sino un hombre que ama y sufre, que intenta resistir mientras la Historia lo arrastra. En eso radicaba su radicalidad: mostrar que el individuo —y no la colectividad— es el verdadero protagonista de la existencia.
Boris Pasternak murió en 1960, enfermo y vigilado, sin haber visto el impacto completo de su obra. Pero su entierro fue una escena reveladora: miles de personas acudieron en silencio, muchos cargando ejemplares clandestinos de Zhivago. En medio de la represión, el pueblo le rindió un homenaje que el Estado le había negado. Décadas después, en 1989, la Academia Sueca envió una carta a su hijo, reconociendo oficialmente el Nobel que la política le había arrebatado a su padre.
Hoy Doctor Zhivago sigue siendo más que una novela de amor en tiempos de guerra. Es la prueba de que la literatura puede sacudir imperios, que un libro puede circular como un arma y que la belleza, incluso cuando es perseguida, encuentra maneras de sobrevivir. En la nieve rusa, en las páginas pasadas de mano en mano, en los silencios de un poeta acorralado, late todavía la certeza de que la palabra puede ser más poderosa que cualquier dictadura.


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